
Vuelvo de Cuba
Vicente Jaramillo Errázuriz, Estudiante de 5° año.
Estuve casi cinco meses allá. Hace más de un mes que volví. Volví de Cuba. Pero, ¿Qué son todos esos meses en esta ciudad desbocada? Nada. El comienzo de un semestre que corre desesperado por llegar a las pruebas (¡y que no nos rajen!), disfrutar lo que se pueda y terminar, ¡al fin!, en vacaciones. No nos mintamos: muchos ni nos enteramos de los que se van, no hay tiempo para eso.
Y es que de tanto tratar de ganarle este gallito al tiempo, pareciera ser que se aburrió de nosotros y nos dejó abandonados en la mesa. Ya no hay tiempo. Corremos para todos lados frenéticos por las pruebas, trabajos, política, carretes y nuestras dosis diarias de pantallas alienantes. Corremos como si fuésemos hacia algún lado, no vamos hacia ninguno; mientras los amigos, la familia, nuestra alma (Oh Dios, ¡que monje!) y los demás esperan el momento en que nos sentemos a dedicarnos a ellos. Porque tal vez, sólo tal vez (al menos eso se rumorea), en esos lugares encontremos la paz y la alegría.

Ahí está el gran secreto cubano. El que grita por las calles entre Camagüey y Maisí, se enreda por Santiago de Cuba y campea glorioso entre los habaneros: ¡Tiempo! Ratos interminables de ocio en los que dedicarse… a todo. ¡Cómo nos equivocamos! Aburrirse no es tener nada que hacer, es la ventana hacia la completitud: admirar las cosas, soñar de nuevo, hacer silencio, inventar algo, ayudar a alguien, conversar hasta el absurdo. Eso es lo auténticamente humano, lo nuestro es sólo maquinaria y ferretería con lenguaje. No tener minutos para malgastar es el desierto, es no tener vida para regalar.
Pero claro, Cuba no es ni de cerca el país perfecto. Ya veo arrimados sobre sus asientos a los amantes de la economía, indignados por que se haya puesto a un país comunista como ejemplo a seguir y ¡peor!, latinoamericano. Qué bananero. Y desde sus sitiales veo como me gritan: “¡tienen tiempo pero no crecen!”, “¡viven en la pobreza!”, “¡no pueden salir de su país!”. No lo niego, la realidad cubana y su historia es trágica, dolorosa, oscura. No sé si nosotros lo habríamos resistido como lo han hecho ellos hasta ahora. Veo el avance material de Chile y me enorgullezco; entre mangos y guayabas vuelvo a ser Jaguar de Latinoamérica.
Y sin embargo, ellos lo siguen teniendo todo. Mientras allá, ociosos, mueven perillas para volver a mover un cacharro de los ’60, acá los hacemos correr raudos para llegar a nuestras reuniones completamente planificadas; mientras ellos explotan de la risa en una conversación eterna, nosotros nos regalamos abrazos de Whatsapp y estados de Facebook; mientras ellos se dejan caer sin ninguna razón por las casas de los amigos, aquí fijamos fecha y hora (y hora de término). Tenemos muchísimas cosas, pero no las disfrutamos. Ellos lo siguen teniendo todo, pues no se cansan – como niños con un par de pañuelos viejos y gastados – de seguir jugando e inventando. Acá envejecemos achacados por el exceso de actividades, arrastrándonos anhelantes por una siesta y no hacer nada.
¿Y qué tiene que ver esto con mi semestre pasado? Todo. Me fui cinco meses, en realidad me fui una vida. Un día eran meses de palabras y una semana un año de risas. Y entender Cuba no es sólo entender su política: es entender a las personas. Y esa pausa cubana fue de los mejores regalos que me dieron, veamos si ahora podemos cubanizar un poco todo esto.






