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 “Crecer” y el Mensaje de Cristo

Rosario Corvalán, 2º Año

          Solo una palabra más hubiera bastado para que los dichos sobre el cristianismo de la plataforma "Crecer", en su vídeo de campaña para la FEUC, no hubiesen sido erróneos.

 

            El mensaje era el siguiente: "Dejemos el doble estándar frente los escándalos que hemos visto; hoy lo que necesitamos es un cristianismo que no se mida por misas asistidas ni avemarías rezados. Necesitamos un cristianismo que esté al lado del prójimo, que transforme este sistema injusto y deshumanizador y que se haga cargo del mensaje de Cristo".

 

            Qué distinto habría sido si se hubiese dicho "un cristianismo que no se mida solo por misas asistidas ni avemarías rezados". Y es que el cristianismo necesariamente queda adulterado si se lo desvincula de su dimensión sobrenatural y trascendente. Me parece que añadir la palabra “solo” cambia sustancialmente las cosas, y que, sin ella, la afirmación separa al Cristianismo de la oración y de la Gracia, lo que vendría siendo algo así como separar al cristianismo de Cristo mismo.

 

            Hacer esta distinción, que a algunos parecerá irrelevante, es imprescindible: No solo están diciendo que se quieren hacer cargo de un mensaje que no están comprendiendo bien, lo que merece ya suficientes reparos; nos están diciendo además que los que creemos que el cristianismo de quienes lo profesan sí “se mide” también por los avemarías y las misas, hemos estado perdiendo el tiempo.

 

            Lo cierto es que la oración y la Gracia ocupan un lugar central en el mensaje de Cristo y en la historia de la Salvación. Así lo vemos en las palabras mismas de Jesucristo en el Nuevo Testamento, en diversas partes del Antiguo Testamento (donde se aprecia no sólo la importancia de la oración para el Pueblo Judío, sino que también las desastrosas consecuencias de la ausencia de la Gracia manifestada en la “dureza de los corazones”), y en la mayoría de las cartas de San Pablo. Así lo vemos también en las en las enseñanzas de los Papas, en las obras de los Padres de la Iglesia, en el Catecismo y en la vida de los santos.

 

            Por nombrar al santo más cercano, San Alberto Hurtado fue gran ejemplo de oración constante e intensa. Aunque a algunos les incomode, el centro de su vida no fueron los pobres, sino la Misa. Y si pudo alcanzar un corazón misericordioso para con los más pobres, y un profundo sentido de justicia social, fue justamente por la insondable intimidad con Jesucristo que encontraba en cada Misa. Así nos lo manifiestan los testigos de su vida.


      

 

 

      San Alberto no se cansó de decir que la Misa debiera ser el centro de la vida de todo cristiano. Lo explica de modo claro, sensible, precioso, en su meditación "Mi vida, una Misa prolongada”, donde se ve que es desde la Misa que se entiende todo el resto de su pensamiento y actuar (“¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!”).

            Pero ya que también podría darse que los cristianos de la plataforma “Crecer” no estuviesen de acuerdo con las reflexiones del Padre Hurtado, vayamos ahora a los dichos y acciones del mismo Cristo, a cuyo Mensaje pide Crecer que la Universidad atienda. (Y, aunque el tema daría para una columna aparte, no puedo dejar de mencionar que me extraña la intención recientemente manifestada por Crecer de acoger este Mensaje, cuando una de las banderas históricas de la plataforma ha sido el pluralismo ideológico; pretender acoger un Mensaje de Salvación tan claro y definido como el de Cristo implicaría necesariamente la exclusión de muchas posturas incompatibles con una concepción cristiana de la persona humana y de la justicia. A menos, claro, que se tergiverse este Mensaje).

 

            La cantidad de ejemplos en que el mismo Cristo sugiere la necesidad de la Misa y la oración son muchísimos. Mencionemos unos pocos: En Lucas 22:19, Jesús invita a los apóstoles a celebrar la Misa en su Nombre: "Hagan esto en memoria mía". En Juan 6:53, el mandato no podría ser más explícito: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. En Marcos 14:37, Jesús se enoja con los apóstoles por no acompañarlo en sus momentos de oración: “Y dijo a Pedro: ¿Duermes?, ¿No pudiste velar ni por una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación”. En Lucas 10:42, Jesús le da a entender a Marta que hacía bien su hermana María en escucharlo, antes que en afanarse en otros quehaceres: “Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada”. En Mateo 6:9, es también el mismo Cristo quien nos enseña a rezar el Padrenuestro, diciendo “Ustedes recen así”. Fue también Jesús quien se retiró cuarenta días al desierto. No fue, como otras veces, a buscar a los leprosos, a los pobres o a sus amigos. Se fue solo, se apartó (Mc 1:12).

 

            Todo lo anterior no es en absoluto contradictorio con las obras de misericordia con el prójimo, ni con trabajar por la justicia, ni con una vida volcada a los más pobres; sino que, por el contrario, para el cristiano el amor al prójimo encuentra su fuente y razón de ser en el amor a Dios -al punto que la Caridad se define como “amor al prójimo por amor a Dios”-. El mandato de Cristo a ambas cosas es claro.

 

            “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicisteis” (Mt 25:40). En estas palabras encontramos el sentido de lo recién expuesto: el amor al prójimo viene precisamente de saber al otro hijo e imagen de Dios.

 

            Por último, en Mateo 10:37, se ve claramente que no solo se ama a Dios a través del prójimo: “El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí”. Cristo nos llama a amar a Dios primero, a Dios más, a los otros por Dios.

 

            Si como Crecer quieren promover el Mensaje de Cristo, los invito a promoverlo sin censura. Y si no quieren promoverlo, los invito a que lo transparenten, o, más fácil aun, a que omitan al respecto. Por último, si se quisiera insistir en la tesis de que el cristiano no se mide por misas ni avemarías, que alguien se dé el trabajo de argumentar qué tipo de cristianismo es el que se propone, y cuáles son los criterios utilizados para arrancar del Evangelio algunos pasajes y dejar otros. Es que es a lo menos molesto oír este tipo de frases, dichas con tal liviandad.

 

            ¿Qué más cristiano que el mismo Cristo? Y, ¿Dónde está más presente Cristo que en la Misa? Lo cierto es que, aunque a alguno pueda parecerle beatería, hoy más que nunca necesitamos cristianos que vayan mucho a Misa y recen muchos avemarías: Solo así podremos transformar, por amor a Dios y al prójimo, lo que de injusto y deshumanizador hay en nuestros días, para hacernos cargo realmente del mensaje de Cristo.

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